Las plataformas digitales y el BIG RESET del conocimiento

Domenico Fiormonte

En poco más de dos meses, la carta abierta que publicamos sobre la Universidad de las Plataformas, es decir, la irrupción de las plataformas digitales propietarias en la educación universitaria a distancia, ha convertido las temidas distopías que se presentaban en ella en contundentes realidades.
Prácticamente todo lo que en aquella misiva se planteaba aún de forma hipotética sobre las GAFAM –que nos valió el epíteto de pesimistas– es ya una realidad... aunque todo se mueva con calma, a pequeños pasos, de forma aparentemente inofensiva.
Sin apenas hacer ruido, Facebook ha entrado en el mercado educativo, ofreciendo, por ahora, servicios de “apoyo a la enseñanza” a algunas universidades latinoamericanas. Google no se ha quedado atrás, y desde hace un tiempo ha comenzado a ofertar cursos a precios irrisorios, relacionados con su negocio, pero con el beneplácito de todo el mundo empresarial. La marcha del famoso buscador ya parece imparable: su último hito ha sido la irrupción definitiva en todos los colegios de Andalucía.
Microsoft, gracias a los acuerdos alcanzados con la CRUI (Conferenza dei Rettori delle Università Italiane) ha pasado a suministrar a todas las universidades italianas el software Teams con el fin de ser utilizado como plataforma digital para llevar a cabo las clases en línea. Este software se suministra con su emblemático paquete de ofimática, el mismo que ofreció a todos aquellos negocios que también compraron el infame Microsoft Productivity Score, una herramienta para la supervisión de los trabajadores que asigna automáticamente puntuaciones en función de su ‘comportamiento’ en su puesto laboral. Tras varias protestas, la empresa estadounidense decidió retirarla. O, más bien, “hacerla menos intrusiva”, pues todas las funcionalidades perjudiciales que le dan forma aún permanecen allí, pasivas, esperando su momento.
Siempre a la vanguardia de las soluciones distópicas, Microsoft ha anunciado el lanzamiento de Reflect, una aplicación que permite a la comunidad educativa –según se presenta en su página web– “enviar y responder encuestas diseñadas para apoyar el aprendizaje y el bienestar emocional y social”. Todavía no se sabe lo que dirán los psicólogos al respecto, pero todo aquello que ya se rechazó para las empresas con el uso del software Productivity Score se está planteando ahora para el sistema educativo con Reflect, permitiendo a Microsoft recopilar datos extremadamente sensibles, y a los equipos directivos de las escuelas monitorear el estado de ánimo de profesores y alumnos. Y –¿quién sabe?– mañana los padres más ansiosos podrán controlar a sus hijos a través de una aplicación creada ad hoc.
GAFAM, operando como un cártel, intenta no competir demasiado internamente. No obstante, el negocio de la educación es muy tentador. Tanto, que Amazon, relanzó su iniciativa “un clic para el cole”, con la que es posible donar el 2,5% del importe gastado en Amazon a las escuelas. Las donaciones se efectúan en forma de crédito para comprar productos elegidos de un “catálogo seleccionado” dentro de la plataforma. Hasta la fecha, más de veintisiete mil escuelas se han sumado a la iniciativa. Las “donaciones” recaudadas en 2019 se cifran en Italia en dos millones de euros. Según Mediabanca, Amazon paga en este país el 10,9 millones de euros en impuestos y factura 1.000 millones de euros. Ahora, en 2020, lanzó su herramienta Digital Lab, “un espacio digital gratuito que ofrece un extenso catálogo de recursos”, incluyendo vídeos y otros contenidos para los profesores.
¿Falta alguien? ¡Ah, sí! ¡Apple! El Ministerio de Educación italiano ya se ha encargado de incluir a esta empresa en el negocio de la educación, firmando en noviembre de 2020 un acuerdo que, citando su protocolo de actuación, pretende “promover iniciativas para la búsqueda de medidas con las que apoyar los procesos de innovación didáctica y pedagógica; experimentar soluciones dirigidas a modificar los entornos tradicionales de aprendizaje; promover el intercambio de información y de contenidos, para satisfacer las necesidades educativas de los docentes”.
A todo esto hay que añadir que la ex ministra de Educación italiana, Lucia Azzolina, ya había anunciado el diseño de una plataforma única para la enseñanza a distancia desarrollada en Italia, aunque nunca se supo cómo se iba a desarrollar ni quién iba a ser el encargado de hacerlo. ¿Y para las universidades? El exministro para la Investigación y la Universidad, Gaetano Manfredi, guardó silencio durante diez meses mientras la CRUI renovaba sus acuerdos con Microsoft. Todo ello ocurrió mientras existen herramientas abiertas y públicas como las que ofrece el GARR (Gruppo per l’Armonizzazione delle Reti della Ricerca), en las que el gobierno no ha invertido ni un solo euro.
Lo cierto es que si el Estado no emplea recursos en la formación de sus ciudadanos, otros lo harán en su lugar. En Brasil se descubrió que la multinacional estadounidense de educación a distancia Laureate, con oficinas en todo el mundo, utilizaba un software de inteligencia artificial para corregir los textos de sus alumnos. La enseñanza en línea ya era un gran negocio en Brasil incluso antes de la pandemia, con unos doscientos mil estudiantes implicados. Durante el seminario del Foro Social Mundial dedicado a la Universidad de las Plataformas, Gabriel Teixeira, profesor del Instituto Federal de Río de Janeiro, explicaba –cosa increíble– cómo a raíz de una denuncia admitida a trámite por un tribunal brasileño, fue llamado a declarar como testigo, y en su intervención pudo mostrar fotografías del call center desde donde llevaba a cabo su trabajo. De hecho, algunos docentes imparten sus cursos desde lugares como ese a cerca de veinte mil alumnos, una cifra algo menor a la de todos los matriculados en la Universidad de Pavía, una de las más antiguas de Europa.
Obviamente, en todos los casos mencionados hasta ahora, los datos recogidos por Google, Microsoft y otras grandes empresas tecnológicas también servirán para conectar a los estudiantes –¡si quieren!– con el mundo laboral. Pronto veremos diplomas hechos a la medida de una persona. La inteligencia artificial será el sastre que confeccione el traje perfecto para cada individuo, desde la cuna hasta la tumba. Ir a la escuela o a la universidad será para muchos un acto supérfluo. Las GAFAM pensarán en la formación, las GAFAM pensarán en la contratación, de la misma manera que las GAFAM han estructurado desde siempre los márgenes de la información, de las relaciones, del consumo y de los deseos.
En este panorama, universidades y escuelas no desaparecerán (por el momento), pero podrán prescindir progresivamente del número de profesores contratados, como demuestra el caso de cierta universidad canadiense en la que daba clase un profesor muerto, o el peligroso precedente que ha sentado el ERE (Expediente de Regulación de Empleo) planteado por la Universidad Europea de Madrid a su personal docente, y que ha permitido el despido de un número significativo de profesores. Allí donde la naturaleza falle, los gobiernos pondrán sus soluciones, y ya están trabajando, en lugares como Francia o Grecia, para introducir regulaciones que hagan ilegales –por si acaso– las protestas en las universidades.
Las consecuencias de la crisis sanitaria acelerarán los acuerdos entre las GAFAM (o, si se es sinófilo, de Huawei, y Alibaba, y Netflix, etc., y de cualquier otra plataforma digital del mismo estilo) y la educación pública. Las universidades, asumiendo que conserven en ese entonces la capacidad legal de conceder titulaciones, podrán certificar los títulos otorgados con o por las GAFAM. O, lo que es lo mismo, las universidades “más débiles” podrían empezar a desempeñar un papel más digno como certificadoras de contenidos suministrados, en su mayor parte, a través de los grandes consorcios tecnológicos. Serán estas empresas, en alianza con grandes editoriales educativas globales como Pearson, las que aborden los contenidos, a partir de la sinergia generada por la inteligencia artificial y todo lo acumulado en años anteriores gracias a la ignorancia –y a la arrogancia– de escuelas y universidades. Serán también ellas las que financien los sueldos de los profesores –los que aún vivan–, como ya ocurre con las infraestructuras, vel plataformas, creadas por las multinacionales editoriales que pretenden gestionar todas las fases de la investigación, desde la recogida de datos hasta la publicación de resultados. El Estado, ágil por fin, proporcionará en todo este proceso apoyo logístico, desgravaciones fiscales, etc. No obstante, si se prefiere un modelo de estado más “pesado”, siempre se podrá elegir el modelo chino.
Bienvenidos y bienvenidas a la Geopolítica del Conocimiento, con su corolario de injusticias epistémicas.
¿Existe algún elemento de resistencia en este escenario? Algunas voces, bastante débiles. La filósofa Barbara Stiegler acusa en France Culture al gobierno francés de utilizar la pandemia como pretexto para poner de rodillas al sistema educativo público frente a las GAFAM. Karen Maex, rectora de la Universidad de Ámsterdam, ha pedido que se legisle para proteger a las universidades de las agresiones de las grandes empresas tecnológicas. La rectora parece haber entendido lo que sus homólogos italianos o españoles ignoran, o fingen ignorar: que las plataformas digitales no son sólo herramientas para realizar nuestro trabajo durante la “emergencia”. Las plataformas digitales son la competencia. No nos ofrecen un servicio: nos están robando en nuestras propias casas. Esta forma de neocolonización, o de autocolonización, debería hacernos reflexionar sobre un punto. O los rectores italianos –y mexicanos, y españoles, y brasileños…–, además de no preocuparse por la privacidad de sus alumnos, son unos ignorantes, y por tanto deberían dimitir en masa, o son conscientes de todas las consecuencias que implica el empleo de aquellas plataformas. Esto significaría, además, que están dejando que las GAFAM hagan el trabajo sucio de promover, por "selección natural", el codiciado modelo de universidades de primera división, todavía presencial, para la élite, y otra de segunda o tercera, "pública" y en línea, para todos los demás.
Como plantea Barbara Stiegler, la cuestión va mucho más allá de la educación a distancia. Apostar por la enseñanza parcial o totalmente en línea no es más que una forma de cerrar lo que se ha considerado innecesario o despilfarrador. El objetivo de este proceso, que viene de lejos, somos finalmente nosotros, los docentes. Es la relación subversiva que –aunque desgarrada, fragmentada y enrarecida– deseamos y logramos construir con nuestros alumnos y alumnas. Es este puente el que se quiere destruir de forma permanente.
No obstante, ¿qué quiere decir ‘estar juntos’ en la universidad? O, mejor dicho, ¿qué quería decir? Así describía, en su obra La Grande Rimozione (Roma, Bordeaux, 2018, p. 36), el filólogo y político italiano Raúl Mordenti las asambleas del movimiento del 68 al 77:

“Este concepto de un cuerpo colectivo del movimiento ‘en fusión’, esta relación especial que en el movimiento se establece entre compañeros, es de suma importancia […] Sin embargo, ¿qué significa estar ‘en fusión’ o, lo que es lo mismo, en movimiento? El punto verdaderamente fundamental es la relación que se establece entre los seres humanos: las personas en el movimiento –o, por mejor decir, las personas en forma de movimiento– ya no se relacionan entre sí como sucede en la anormal normalidad del capitalismo, a través del espejo invertido de las mercancías que es el Estado; […] En el movimiento, de hecho, hombres y mujeres ya prefiguran y viven una relación social directa y no alienada, ya que lo que los ‘mantiene unidos’ es precisamente un reconocimiento mutuo e inmediato, y este, a su vez, deriva de la voluntad común de cambiar el mundo juntos, de la lucha colectiva.”

Probablemente –¡ojalá!– esta ‘lucha colectiva’, este moverse juntos ‘en fusión’, logrará encontrar otras formas de recomponerse y expresarse. Sin embargo, parece que ya no podrá surgir en relación con el proceso de formación y de elaboración del conocimiento que se articulaba en los espacios ‘públicos’ de escuelas y universidades.
Ahora bien, si tú, lector, pensabas que hasta ahora sólo habías leído malas noticias, lo que leerás a continuación te sorprenderá. Al fin y al cabo, universidades y escuelas son instituciones humanas y, como toda creación humana, son efímeras. Como escribiera Giorgio Agamben, pocos las echarán de menos. No obstante, todo este proceso de plataformización que se ha desgranado hasta ahora no es sólo el fin de la relación dialógica entre educación y realidad tal y como se ha pensado y practicado –de mejor o peor manera, para las masas y para las élites, etc.– a lo largo de los últimos quinientos años.
La geopolítica del conocimiento digital no se detiene ahí. El conocimiento digital es la forma del dominio biopolítico actual, mediado por representaciones –lo digital, al fin y al cabo, es un lenguaje de representación…–, las mismas representaciones (datos, algoritmos que procesan datos, software que incorporan algoritmos, inteligencias artificiales que agregan software, etc.) que, aunque sean falsas, aunque estén manipuladas, apuntan hacia el dominio de las mentes y hacia el dominio de la materia.
Y, en medio de este jardín, las grandes empresas tecnológicas, con Amazon y Microsoft a la cabeza, han aterrizado también en el campo del llamado “agronegocio”. FIAN Internacional, organización que trabaja por el derecho a la alimentación desde 1986, ha publicado un análisis que muestra cómo la digitalización de la tierra (catastro, etc.) reproduce o agrava la marginación de las poblaciones rurales, socavando la economía de subsistencia de millones de personas en Brasil, Ruanda, India, Georgia, Indonesia, etc. Una investigación paralela publicada por otra organización no gubernamental, Grain.org, revela que las plataformas digitales pretenden colonizar cada momento, cada etapa, del proceso de producción, distribución y consumo de alimentos. Las aplicaciones de Monsanto-Bayer, de Syngenta, de BASF o de Verizone, ofrecen a los agricultores asistencia en las distintas fases de su trabajo, proporcionando información en tiempo real sobre el clima, aconsejando cuándo y qué sembrar, o cuándo utilizar un herbicida, pero también recomendando qué tractor o qué dron comprar. A cambio de todos estos ‘servicios’, las grandes empresas tecnológicas obtienen montañas de datos de los dispositivos digitales de los agricultores. El objetivo final es, obviamente, el control total de la cadena alimentaria.
Por tanto, el conocimiento digital es el que nos dirá qué comprar –y con qué moneda–, qué comer, qué ver, qué leer y estudiar, cómo vestir, dónde ir de vacaciones, cómo curarnos y, obviamente, a quién votar. En realidad, por obra de las inmensas concentraciones de propiedad y del mestizaje financiero, los amos universales, las grandes empresas tecnológicas, casi habían puesto solución a todos estos problemas. Posiblemente, sólo quedaba superar el escollo de una escuela y una universidad aún no del todo inofensivas. Quedaba el problema de cómo frenar y contaminar ese proceso que Gramsci, en su artículo “Socialismo e cultura” publicado en Il Grido del Popolo el 29 de enero de 1916, denominaba “la conquista de una conciencia superior” y del “propio valor dentro de la Historia”. Aunque el virus no es el culpable, la emergencia sanitaria está proporcionando el contexto ideal para liberarse de una vez por todas de este vicio, demasiado humano, de querer adquirir una conciencia crítica. Quizá, en la duodécima ola, en la vigésimocuarta ‘variante’, todo este proceso haya terminado, y el círculo se selle por fin.
¿Hay alguna esperanza? De haberla, se llama diversidad biocultural y epistémica, que es, al mismo tiempo, el mayor enemigo de la ‘plataformización’ y el arma más poderosa que tenemos en nuestras manos para contrarrestarla. De hecho, el drama del modelo epistemológico y geopolítico de la gobernabilidad algorítmica es que su mecanismo depredador coincide con su objetivo principal. En otras palabras, el riesgo de intentar controlar la diversidad ‘matándola de hambre’, es decir, reduciéndola a su mínima expresión, es verse, a su vez, desbordado por ella. Es bien sabido que aquellos que promueven la universalización suelen temer el caos. Por tanto, cultivar la diversidad biocultural, pero también la tecnológica a nivel local y global significa, no sólo resistirse a la homogeneización de las plataformas digitales, sino también anular su lógica. “La esencia de los distintos tipos de flores se expresa en su diversidad, aunque se produzca una fertilización cruzada entre ellas”, escribe el gran poeta, novelista y ensayista africano Ngũgĩ wa Thiong'o sobre la relación entre las lenguas europeas y africanas (en Spostare il centro del mondo. La lotta per le libertà culturali, Milán, Meltemi, 2017, pp. 66-67). La tierra genera vida y se mezcla con las historias: “todas las grandes literaturas nacionales han arraigado en la cultura y la lengua de los campesinos”. El corazón de la diversidad, y la condenación de las plataformas digitales, estriba en la variación y la redundancia, características de la “multidiversidad intrínseca de la materia viva”. Estas son las palabras que el biólogo Marcello Buiatti escribió en un hermoso y polifacético libro en 2004 –año de nacimiento de Facebook…– dedicado a la compleja relación entre biología y cultura. Hace tiempo que reflexiones similares se abren paso en el campo de las ciencias sociales, como la ‘pluriversidad’ de Arturo Escobar, o la ‘epistemología de los márgenes’ de Boaventura de Sousa Santos. Esta ‘pluriversidad’ puede y debe aplicarse también al ámbito de las tecnologías digitales. Así lo demuestran experiencias y movimientos en los que la escasez no sólo es sinónimo de resiliencia, sino que se convierte en una oportunidad para poner en práctica mecánicas tales como las redes comunitarias que han surgido en América Latina antes y durante la pandemia. No es casualidad que las propuestas más innovadoras y radicales en el ámbito de la gobernanza de la red digital provengan de grupos del Sur Global, como evidencia el manifiesto por la justicia digital promovido por la Just Net Coalition.
Variabilidad, redundancia, resiliencia y ‘vigor híbrido’ son características y condiciones de supervivencia para el entramado biocultural. Ahora, también lo han de ser para el tecnológico. Como afirma Alberto Sobrero en Il cristallo e la fiamma. Antropologia tra scienza e letteratura (Roma, Carocci, 2009, p. 72), “la no producción de variantes significa el fin de la evolución, y debemos pensar que, a la larga, implica el fin de toda forma de vida: ya sea una especie vegetal, una especie animal, el hombre o sus historias”.


Traducido del italiano por Álvaro Casillas Pérez
Editado por David Domínguez Herbón

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